Amor a Dios

Amor por DiosExisten muy pocas cosas en el mundo tan apasionantes y que pongan tanto a prueba la voluntad humana como el amor a Dios. Posiblemente el mandamiento más importante de todos y que tal como afirmaba Moisés “ Guarda el pacto y su misericordia a los que le aman, hasta mil generaciones, pero devuelve su rostro a los que lo odian, destruyendolos” (Deuteronomio, 7:9-10) y “Amarás al señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio, 6,5).

¿Pero qué significa amar con el corazón a Dios? Ya en el antiguo testamento encontramos referencias que reconocen que la relación espiritual con Dios se debe dar desde dentro de uno mismo, como en un proceso de interiorización para alcanzar a Dios. Se trata de buscar en lo más interno de nosotros la grandeza de todo lo externo.

Amar a Dios con todo el alma representa un amor que va más allá del corazón. Un amor que implica poner en juego todo nuestro ser, físico y espiritual. En Levítico, 26, 11 encontramos el siguiente pasaje: “Y el señor promete no aborrecer su alma a los que le sigan”. Aconsejando el amor por Dios con todas nuestras pasiones, percepciones y pensamientos, tal y como somos nosotros como seres completos.

¿Y qué significa entonces amar a Dios con todas nuestras fuerzas? La traducción de fuerza en arameo es “riqueza”. Por lo tanto ya sea amar con fuerza o amar con riqueza, hace referencia a utilizar todo nuestro potencial, toda herramienta o todo lo que tengamos a nuestra disposición siempre dirigido en la misma dirección.

Por lo tanto el amor a Dios comienza en nuestro corazón, se extiende por todo nuestro ser, para posteriormente alcanzar su máximo potencial usando todos nuestros recursos. Esto es lo que significa amar al 100 por 100. Estar conscientes de la presencia de Dios en cada cosa que hagamos. Nuestras relaciones con los demás deben estar siempre influenciadas por el amor a Dios. La forma en la que hablamos a nuestros padres debe reflejar nuestro amor también por Dios. Nuestros deseos y nuestros pensamientos estarán orientados primero en el amor a Dios, y luego reconducidos a nuestro propio bienestar, que no pueden ni deben ser contradictorios. Nuestra forma de hablar, el comportamiento social, la forma en que gastamos el dinero, nuestra forma de vestir, de cantar, de dibujar, de sentir…

En todos los aspectos de nuestra vida podemos llegar a interiorizar este magnánimo sentimiento de ida y vuelta, que no es otro, que el amor a Dios.

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